Transgénicos: ¿las semillas del diablo o la esperanza de la alimentación?

Muchos entienden por alimentos y cultivos transgénicos aquellos en cuyo diseño se ha utilizado genética. Es un error, ya que prácticamente todo lo que nos comemos (incluyendo la mayoría de variedades y razas animales) ha sido manipulado por la mano del hombre utilizando empíricamente técnicas genéticas. De entre todas ellas las más utilizadas han sido la hibridación, conocida como cruce sexual, y la aparición de mutantes espontáneos o variabilidad natural. Lo realmente nuevo es que de manejar genomas completos al azar mediante el cruce y la mutación hemos pasado en unas décadas a la sofisticación del trabajo diseccionado con genes aislados. El manejo aislado de genes se conoce como ingeniería genética y los alimentos así producidos son los alimentos transgénicos.
Para muchos ciudadanos, sobre todo europeos, los alimentos y cultivos transgénicos sólo son desarrollos capaces de resistir el ataque de insectos o el tratamiento con herbicidas. Para los que trabajamos en tecnología de alimentos son mucho más. Por ejemplo, se han desarrollado arroces transgénicos capaces de producir el precursor de la vitamina A en su semilla. También contamos con una tecnología capaz de generar tomates transgénicos que vacunan contra enfermedades infecciosas, patatas transgénicas con una composición de almidón distinta o vacas modificadas genéticamente que en su leche producen proteínas de elevado interés sanitario. Nunca habíamos tenido una herramienta tan poderosa para poder equilibrar los desajustes alimentarios que padece el planeta.
Pero, contrariamente a lo que pudiera parecer, son muchas las voces que se alzan en su contra. Sobre todo en países ricos y, particularmente, en la UE. En estas zonas son muchos los que opinan que constituyen un veneno para la salud y el medio ambiente. Con respecto a lo primero, no opina así la OMS ni la inmensa mayoría de organizaciones médicas y científicas. De hecho, los transgénicos son un paradigma de evaluación de la seguridad alimentaria, ya que para obtener el permiso de comercialización deben someterse a multitud de ensayos que analizan su composición nutricional y su posible alergenicidad y toxicidad. Una situación similar se da con la evaluación de su posible impacto ambiental que también es de obligado cumplimiento antes de conceder el permiso de comercialización.
La autoridades europeas, ante la presión de determinados grupos ecologistas decidieron girar la cara a los transgénicos minimizando los gastos de esta tecnología en I+D durante el V, VI y VII Programa Marco e implementando una legislación exagerada en torno a su desarrollo y comercialización. Aquellos políticos pensaron que la transgenia en agroalimentación sería un sarampión pasajero y se equivocaron. En el año 2010 se plantaron más de 148 millones de hectáreas de cultivos transgénicos en todo el mundo, especialmente en Estados Unidos, Brasil, Argentina, India, Canadá y China. Además, más de quince millones de agricultores cultivaron durante ese año plantas transgénicas y el 90% de ellos lo hicieron en países pobres. A la vista de todas estas cifras parece claro que el avance de este tipo de desarrollos es imparable, sobre todo en países en vías de desarrollo.
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